Evaluar(nos): asignatura pendiente




Hace un año de este dibujo y después de pasar estos días por las reuniones de evaluación sigo teniendo el mismo sabor agridulce. Da la sensación de que hemos avanzado poco (o nada) en nuestra forma de concebir la evaluación. Se reduce a un mero dictado de notas y el relleno prescriptivo de informes, informes diseñados siguiendo el modelo de competencias (¡qué modernos somos!), pero como si nada. Todo acaba reduciéndose a un mero tanteo a ojo (o a ciegas). ¡Competencia digital! ¡Avanzada! ¡Si es que están todo el día con el móvil! Porque en el fondo la nota ya está puesta: 3, 4, 5, 7... Eso es todo. Cada cual es rey en su cátedra, dueño y señor de su feudo. En las juntas de evaluación no se habla de educación porque tampoco se hizo durante el curso. Apenas o nunca se reunieron los equipos de aula para solucionar juntos problemas o demandas del día a día, o para consensuar criterios, contenidos, equilibrar las tareas para casa, compartir metodologías, ver cómo acercarse a los padres, diseñar proyectos de centro, fomentar la convivencia... El guiso sigue siendo cosa de cada chef (si es que quiere), casi nunca un trabajo colaborativo entre docentes. Y así nos va. O no, los hay (más de los que nos gustaría admitir) que están contentos como están y conscientemente, con diurnidad y alevosía, deciden no cambiar. Que cambie el alumno. Si no estudia, a galeras a remar.

Se echa en falta en este oficio una mirada en plural. Cada cual va a lo suyo, y cuando alguien anima al resto a salir de la zona de confort, la invitación se interpreta como doble ración de trabajo. No está el horno para más bollos, dicen, lo que hay que hacer es volver a las 18 horas. Claro está que tampoco cuando teníamos 18 el respetable se animaba a virar el rumbo. Estudiar, eso es lo que tienen que hacer. Las nuevas metodologías son agua con gas, una forma de tener entretenidos a los alumnos, pero sin aprender. Tragar contenidos y escupirlos a través de exámenes. Poner la nota y punto. El resto es humo. Así me saqué las oposiciones, así enseño

Eso sí, después les exigimos a los alumnos que comprendan lo que leen y que sean críticos. He conocido pocos alumnos que hayan llegado a final de Eso, incluso Bachillerato, y que sepan cómo tomar apuntes, resumir un texto, hablar en público y trabajar colaborativamente. Tengo que llegar al temario, dicen los profesores, como para encima tener que enseñarles eso que ya debieron aprender. Y si encima, la PAU, EBAU o como deseen llamarla, favorece la adquisición de meras habilidades de memorización y el domino de contenidos a través de meras pruebas escritas, el campo está abonado para el docente despotrique contra la innovación. Ancha es Castilla. Por citar solo un ejemplo, la prueba de selectividad en Francia incluye expresión oral y pensamiento crítico, no un mero volcado de información. Este curso en este reto me he quedado solo en Bachillerato; es lógico que algunos alumnos me digan: Ramón, es más sencillo que nos des los apuntes, los estudiamos y listo. Los propios alumnos están tan acostumbrados al 2+2=4 que entrenarse en competencias que tienen oxidadas les cuesta la misma vida. Todos los docentes sabemos que esas competencias están en el currículo y que requieren nuestra atención, pero... Temario, temario, temario. Hace unos meses, un compañero se acerca a mí, intrigado al verme preparar una actividad de clase en plan creativo y me confiesa: ¡Ramón, cómo puedes mantener ese optimismo! Sonreí, una sonrisa para cubrir apariencias; en el fondo aquella confesión me produjo tristeza. ¿Acaso no es esa nuestra tarea, no es esa la emoción que debe motivar nuestro trabajo? ¿Qué les pasó en el camino a estos docentes? ¿Cuándo claudicaron, se rindieron a esa monótona comodidad, a ese insano escepticismo? 

La memoria final, esa que debemos entregar al director para que (quizá o más bien no) la vea el inspector, adolece de dos defectos principales: Uno, solo es individual, a lo sumo departamental. Responde a un modelo solipsista de trabajo. No hay reflexión colectiva, no trasciende el aula, no se inserta en un proyecto más amplio  Dos, es un mero trámite, no se revisa al volver en septiembre, ajustando la intervención del próximo curso a esa reflexión previa. Es burocracia. De ahí que se tienda a copiar y pegar la del curso anterior, añadiendo porcentajes nuevos de aprobados/suspensos y alguna que otra obviedad para cubrir expediente. Se supone que la programación y la memoria deben ser documentos para el docente, introduciendo solo aquello que quiere hacer y evaluando cómo lo ha hecho. Documentos vivos. Sin embargo, acaban representando la tediosa rutina administrativa del buen funcionario. Esta tendencia demuestra hasta qué punto el proceso de enseñanza se ha convertido en un mecanismo automático, carente de reflexión y de inteligencia colectiva. No es raro encontrar docentes que interpretan las carencias del curso como mera responsabilidad del alumnado (no estudia, no atiende, no...), y no añade a esa reflexión complaciente la autocrítica constructiva. A veces son los mismos alumnos quienes dan las claves de mejora al profesor. Por ejemplo, la tarea es muy compleja, no entiendo las explicaciones, lo que explicas y lo que exiges no tiene relación, no escuchas, pegas voces, estás toda la hora hablando... 

Se echa en falta compartir en equipo cómo ha ido el curso, qué podemos hacer para mejorar juntos lo presente. Mirar la evaluación como cosa de todos, no como república independiente de mi departamento. Se echa en falta más proyecto de centro, más aprender unos de otros, más humildad metodológica (reconocer que hay estrategias que no funcionan, actitudes emocionales poco eficaces de enfrentarse a una clase...), más mirar por los alumnos y no por nuestro interés personal, más decisiones colectivas y menos sálvese quien pueda. 

Es evidente que este oficio se debe en gran parte a la voluntad de cambio del docente, al contagio colectivo, a la valentía de los equipos directivos, a una emoción que no se puede comprar en ningún mercado, ni se puede obligar si no hay convencimiento, un acto libre, un regalo que uno ofrece, una decisión ética que impulsa a hacer lo que se debe. Sin embargo, siempre he creído que esta voluntad debe estar acompañada de políticas educativas que favorezcan esas decisiones de cambio. Que al docente, a los equipos directivos, a los centros que apuestan por mejorar les resulte más fácil hacerlo que a los docentes que simplemente vegetan en su plaza vitalicia. Un buen barco con un mal capitán, zozobra; un barco hermoso, pero mal diseñado, también zozobra. El cambio debe ser la regla, nunca la excepción. Al igual que las políticas educativas que teledirigen desde arriba los programas, sin contar con los docentes, fracasan por propios méritos, las políticas que no saben liderar desde la escucha, siendo favorecedoras, mediadoras, apoyo del profesorado que quiere avanzar, también fracasan. La semilla debe crecer sola, pero un buen fertilizante en campo árido, ayuda bastante. 

¿Se evalúan realmente las políticas educativas? Y si lo hacen, ¿utilizan criterios educativos o se pliegan a otros intereses? Más aún, ¿permiten las políticas educativas ser evaluadas por el profesorado? La tendencia a creer que todo depende del profesorado y nada de la política educativa favorece la indolencia, la ineficacia y la instrumentalización de la educación. Resulta paradójico que los sindicatos que defienden la enseñanza pública no acompañen esa reivindicación de una crítica eficaz y profunda contra ciertos modelos y prácticas, y al final todo el merchandising se reduzca a la vuelta a las 18 horas. ¿Quién protege a la educación contra ella misma? Con tal de que mi hijo apruebe, todo está bien. Con tal de que yo cobre cada mes, todo está bien. Con tal de que mis alumnos no molesten, todo está bien. 

21 comentarios:

  1. ¡Eres un friki Ramón! ¿Por qué nos encontramos tan solos rodeados de quienes también tendrían que ser educadores? Si aprender no implica experimentación, descubrimiento, emoción, un inmenso respeto y crear comunidad, quien no disfrute de esta profesión será otro zombie más de los que siguen devorando al alumnado y solo hacen lo que están programados para hacer, nada más.

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  2. Me he identificado con cada idea, gracias.

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    1. Gracias a ti. Es tan necesario hablar entre nosotros los docentes...

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  3. Cómo madre de dos adolescentes, totalmente de acuerdo. Me encantaría que pensasen y actuasen así en el instituto de mis hijos. Gracias por tan sabia reflexión.

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    1. Gracias, Emi. Un placer que los padres participéis de este debate. Se necesita.

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  4. Me he sentido identificada en tu descripción.
    Creo que somos bastantes los que nos sentimos así.Y sin embargo, estas ideas no se escuchan apenas en los centros, ni en los sindicatos, ni en los medios...

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    1. Tendremos que empezar a hablar, a compartir nuestras inquietudes e ilusiones. Gracias, Rosa.

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  5. La frase de tus alumnos "es más sencillo que nos des los apuntes, los estudiamos y listo" me ha llegado al alma... mis alumnos me pedían un libro de texto para estudiar de él... y me he resistido... estamos en una situación pareja. ¡Quiero y no llego! veo el objetivo pero el camino está lleno de obstáculos. ¡Pero no desisto! Expresas mis pensamientos en tu texto.

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    1. Gracias, Inma. No sentirnos solos, apoyarnos, escucharnos, contagiarnos, es esencial para persistir y creer que se puede. Y transmitirle esto mismo a nuestros alumnos. Un abrazo y gracias por tu testimonio.

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    1. Gracias, Jordi. Un abrazo. A seguir contagiándonos.

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  7. Gracias a Dios, esta concepción ya está cambiando en muchos centros. No dudo que, desgraciadamente, hay muchos docentes que no quieren moverse de su zona de confort, porque es mucho más fácil echar la culpa de todo al resto del mundo que asumir la propia responsabilidad, pero también hay docentes y claustros enteros que están cambiando eso. Mucho ánimo, Ramón, porque aunque ahora te encuentres solo, eres referencia en tu centro, y algo cambiará gracias a ti.

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    1. No siempre se está solo, pero sí a veces tienes la sensación de estar predicando en tierra árida. En fin, con ilusión y contagio mejoraremos lo presente. Un placer compartir reflexión.

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  8. Suscribo hasta la última tilde. Soy Maestro, Profesor y Orientador. Este curso, una vez más, los que necesitaban formación no eran tanto los alumnos sino los propios profesores. Y me incluyo, aunque yo lo hago. Así me quedo hablando solo en los claustros.��

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    1. Te entiendo. Los orientadores a menudo predican en el desierto. Por eso es necesario parte a pensar juntos cómo mejorar. Gracias por aportar tu reflexión, Héctor.

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  9. Se lee usted "La tarima vacía", de Javier Orrico, y después sigue con sus bienaventuranzas, si puede.

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    1. Tomo nota. Igualmente, le recomiendo "La hora de clase", de Massimo Recalcati. Espero que en vez de enfrentarnos entre docentes por modelos de enseñanza, busquemos juntos cómo mejorar lo presente. Un abrazo.

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  10. Hola Ramón! No te conozco, he llegado a este artículo a través de un enlace de un compañero. Me ha encantado la reflexión, la suscribo casi al completo. Sin duda es momento de animar a los demás con nuestro trabajo (no me atrevo a decir con nuestro ejemplo) a la vez que pedimos a nuestras administraciones educativas que propongan cosas partiendo de la realidad, no de las ocurrencias de turno.

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    1. Gracias, David, por aportar tu punto de vista. Es tan necesario que abramos espacios de diálogo entre docentes. Un abrazo y buen verano.

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  11. Totalmente de acuerdo, tanto en tu opinión como en la sensación de soledad. Es una pena que esto siga diendo así en muchos centros.

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    1. Lo comparto en mi página (Those Wonderful Minds) porque has explicado el motivo por el que he concursado para cambiar de centro este año.
      Enhorabuena por el artículo

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