Leer



Con la lectura sucede lo mismo que con cualquier tarea que merezca la pena: es un gozo a posteriori, se disfruta tras la zambullida. Algunas campañas de motivación a la lectura frustran al neófito, quien descubre que tras la cáscara de esta bienintencionada pastoral la realidad esconde un placer que requiere del arbitrio de la voluntad. Sin duda, es placer lo que uno siente al abrigo de la lectura, pero no sin el precio de una ardua contraprestación. Requiere en definitiva el difícil entrenamiento de retener el placer, de esperar sin seguridad el salario de nuestra paciencia.

Existen placeres livianos, que nada cuestan y satisfacen lo que una brisa pasajera. Otros placeres son de combustión lenta, calientan por fricción; no se tienen, se consiguen, son una cima lejana que nos invita a elevarnos sobre nuestros instintos. Sin curiosidad mueren al primer amago, pero tampoco los conmueve la obligación. Quien lo probó lo sabe. Permítanme esta remilgada comparación: Leer se parece a eso que llamamos amor; brota de un frágil requiebro, un gesto peregrino lo pone en funcionamiento, activando profusas emociones, una pirotecnia luminosa que sin mediación de la voluntad se ahogaría en su pasión, cautivo de impaciencia, herido por el tiempo… aburrido. La mera satisfacción de una necesidad no soporta una prosa continuada; requiere afectos más sólidos.

¡Maestro, me canso! ¡Esto es un rollo! ¡Diez páginas, eso es mucho! Estos y otros exabruptos de trazo aún más grueso dibujan la letanía impenitente -vía crucis, más bien- del escolar, para quien entre su retina y el texto media un camino largo y escarpado, que recorre coaccionado por su incombustible cancerbero -léase, profesor-, del que espera quedar libre a fuerza de calculada impostura, hábil fingimiento y un corta y pega extraído de las fauces de san Google bendito.

Como en tiempos del matrimonio por conveniencia, dicen algunos docentes: Que lea, aunque obligado, y ya con el tiempo aprenderá a disfrutarlo. Pero bien sabemos quienes leemos que el amor a la palabra lo alienta una numinosa paradoja: No obedece a amo alguno, y tampoco a un capricho. Necesita un combustible que es invisible a los sentidos, enemigo de las prisas, alérgico al deber, y sin embargo nada es sin la voluntad de ser querido, de conseguir precio a sus desvelos a pulso de una voluntad inquebrantable, presa de su propia curiosidad. Leemos porque queremos. Si nos obligan, mutamos el gozo en condena, Sísifo empujando su roca hasta la cima, una página tras otra y vuelta a empezar.

Nada de esto resta apremio a la necesidad de convertir nuestros espacios comunes -casas, escuelas, barrios- en lugares que inviten a leer, escribir, hablar, crear... Esos espacios y quienes los habitan pueden incitar, provocar, facilitar y dar alas a la imaginación, o bien lo contrario, segar la curiosidad. Y aún así, nada es seguro; leer, como vivir, es (o debiera ser) un acto libre. Quizá durante un tiempo, a modo de juego heurístico, deberíamos probar la estrategia reactiva de incitar a nuestros alumnos a no leer, de avisarles acerca de los efectos perniciosos de abrir la conciencia a otras perspectivas vitales. Recordarles lo bien que se vive ignorante, sin imaginación, libre de prejuicios morales, animal de nuevo, entregado a sus instintos, solo carne y hueso, sin cerebro. Quizá, solo quizá, por soberbia adolescente decidan abrir un libro, lejos de la mirada de padres y profesores, y -¡voilá!- disfrutarlo, gozar del misterio de otras vidas. Y aprender en el intento a izar velas en busca de otros puertos. Quizá.

Peligroso ese día. Porque un lector es un ciudadano con conciencia, un votante que piensa, un alumno que disiente, un hijo que observa las grietas de la vida en sus padres, un soldado que dice no, un cura que duda… Quizá quienes redactaron los planes de estudios apreciaron esa sutil paradoja y prefirieron seguir obligando a los alumnos a leer, para asegurarse que no lo hacen, o que para cubrir expediente simularon hacerlo, educando así su docilidad. Peligroso ese día.

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